Hace once años llegué a Estados Unidos con la ilusión con la que llega toda la gente: triunfar, salir adelante. Traía poco en las manos y mucho en la cabeza. Y atravesado en la garganta, un sueño que no me dejaba en paz: la música. Escribir.
Me vine con mis poemas guardados en diarios, doblados con cuidado, como se doblan las cosas que uno no quiere perder. Eran lo único que de verdad me pertenecía.
El proyecto arrancó con algo que denominé "Mil libros para leer antes de morir". Pero antes del nombre hubo un apartamento modesto, sin muebles, sin televisor, sin nada, y en él mis dos hijos, Sebastián y Natalia, y yo.
A modo de entretenimiento, yo empecé a contarles los libros que había leído: las historias, los personajes, los mundos que guardaba en la memoria. Y ellos, a modo de diario, empezaron a escribir los títulos y los nombres, para tenerlos presentes y llevar el conteo. Ese era nuestro entretenimiento: una voz contando y dos lápices escribiendo. Llevábamos la cuenta, sin escándalo: unos trescientos libros, aproximadamente. Trescientos mundos viviendo en una sola cabeza.
Un día ellos me propusieron abrir un canal en YouTube y contar los libros como se los contaba a ellos. Fue así como surgió la idea de "Mil libros para leer antes de morir". Yo les decía que es bonito tener trescientos libros en la cabeza, que eso es mucho conocimiento... y me pregunté, en voz alta, qué pasaría si tuviera cuatrocientos. Y si llegara a setecientos. Qué pasaría si yo tuviera mil libros en la cabeza. Mil. Y así quedó el nombre, como quedan las cosas verdaderas: sin planearlo.
Más adelante, a las plataformas no les gustaba que yo escribiera "morir"; se la quité y quedó sencillamente "Mil libros para leer".
Y después vino mi gran salto definitivo: OSKARÍA. El resto de la historia, ustedes ya saben en qué consiste: OSKARÍA OFICIAL.